Muestran su mundo privado y el que los rodea, con cámaras que salieron a la venta antes de que ellos nacieran. La palabra de tres jóvenes que, con su arte, le dan la espalda al dominio de lo digital.

Texto: Lisandro Ruiz Díaz

Hay un capítulo de la serie 30 Rock, en donde el novio bobo de Liz Lemon (Tina Fey) intenta justificarse por querer vender bípers a sus compañeros de trabajo. “¡Son el futuro! ¿Qué, no saben que la tecnología es cíclica?” los increpa. A lo que ella responde con un ácido y determinante “¡No, no lo es!” Es gracioso; funciona cada vez porque, claro, Liz tiene razón y nadie se lo cuestiona. Nadie necesita volver a usar algo que ya quedó obsoleto, que es complicado sin sentido y que por eso, no sólo es caro, sino también inútil. Pero donde cualquiera vea basura, los artistas sabrán ver un bello desafío.

En todo el mundo, las fotografías analógicas volvieron al ruedo de la mano de las redes sociales y una generación de jóvenes que, cansados de tantas pantallas, revolvieron el pasado buscando texturas, tramas y colores que transmitan sensaciones palpables.

FOTOS CON ROLLO

“Llegué a lo analógico viendo fotos de mi familia; me llamó la atención el formato. Quise hacer fotos como esas, con esos tonos desaturados. El digital que estaba de moda en ese momento me resultaba demasiado plástico”, dice Violeta Capasso (@violetacapasso), una de las referentes argentinas en este renacer del fílmico. En su Instagram, cuelga fotos de pequeños objetos, luces y rincones con los que se topa día a día, pero principalmente retratos: amigos, amigas, novios temporarios o permanentes, personas desconocidas y unos cuantos gatos. “Es lo que vemos todos los días, pero con otro enfoque. Algo más apreciativo de la ciudad. Cuando viajás en subte sufrís, pero después, quizás te bajás y te encontrás algo re lindo en el camino”, cuenta.

Actualmente, las fotos son su único trabajo, y quienes la contratan saben que sólo usa cámaras a rollo. De hecho, por eso la eligen. “En ningún momento me propuse hacer esto para ganar plata y vivir de sacar fotos, pero se terminó dando así por el interés de la gente, de los emprendimientos, las marcas. De repente soy fotógrafa, trabajo de eso”.

En la vereda de enfrente está Lucía Noel (@luciapnoel), quien sostiene que la fotografía es, en su caso, algo íntimo y personal, que no querría conjugar con relaciones de dinero. “No me siento cómoda; yo ya tengo un trabajo con el que puedo pagar mis materiales. Esto lo hago para mí”, dice. “Se sintió bien desde el primer disparo; entonces, lo hice y ya. Una vez, un amigo dijo que la fotografía es su manera de transitar el mundo, y creo que adhiero a esa idea. No siento que lo analógico me limite en nada, al contrario, es una actividad humana sensorial necesaria para mí”.

Claro está que lo vintage tiene sus obstáculos. Revelar manualmente es dificultoso y lleva tiempo, y las demás opciones no salen de costosos laboratorios o el revelado instantáneo de los Kodak Express (en tan sólo una hora…). “Una gran limitación es la cantidad de fotos disponibles por rollo, pero a su vez, significa poner más atención y esfuerzo en cada toma, para que no resulte en un desperdicio de material, o en un momento perdido”, detalla Elías Cosentino (@perritomoreno), para quien lo analógico tiene una estrecha relación con el formato material de su trabajo: “El fílmico me permite tener un archivo físico. Soy totalmente negligente con los archivos digitales, nunca backapeo nada y borro todo lo que pasa por mi teléfono o mi computadora. En cambio, los negativos los guardo y puedo volver a digitalizarlos cuando sea”.

ANALÓGICO Y DIGITAL

Igual, las redes sociales son clave para luego mostrarse. Violeta sube sus fotos a Internet desde que tenía 11 años: pasó por Fotolog, Blogspot, Flickr, Facebook e Instagram, y fue esa exposición la que la terminó llevando a lugares y le brindó el apoyo de personas que entendían que su arte no era un mero juego, sino algo “de verdad”. Y los tres coinciden en que no sólo sirven para postear lo propio, sino también estrechar vínculos con artistas similares, inspirarse con el trabajo de los demás, conocerse a través de todo esto.

En su cuenta, Elías muestra cómo crecen y mutan las cosas que lo rodean. Nació y se crió en un pueblo (al que vuelve seguido), pero vive desde hace un tiempo en Capital, y en ese contraste descubrió cómo algunas de las cosas que solían parecer naturales terminaron por convertirse en algo surreal. Esas constantes transiciones son uno de los objetivos más recurrentes de su cámara: una réflex Pentax Spotmatic que es su espada y su pluma, y que no cambia por nada en el mundo. “Por momentos, uso alguna cámara prestada, porque me gusta jugar con algo nuevo, pero soy fan de las herramientas que se quedan con vos”.

 Lucía heredó su Canon AT-1 de su abuelo, quien sacó fotos toda su vida, “incluso, cuando no era tan habitual ni accesible”. Él, con el tiempo, se pasó a las cámaras digitales. Ella, desde chica, en plena expansión de la tecnología y de las cámaras por todas partes (nació en el 97), supo desde el primer momento que quería sacar fotos con ese viejo aparato del que nunca pudo apartarse.

“Vivo en una ciudad llena de estímulos e información, libros, música, instituciones, películas, cosas que me afectan constantemente y van constituyendo parte de mi imaginario, o que lo condicionan. Al momento de crear una imagen, detrás de ese proceso están todas las representaciones de lo que viste en el día y en tu vida, y que te influenciaron. Capaz me siento influenciada por canciones, por libros, cosas que ni son una imagen, pero a la hora de disparar aportan algo a lo que pasa por mi cabeza. Vos mirás el trabajo de Rinko Kawauchi (Japón) y el de Wolfgang Tillmans (Alemania), y es evidente que fueron condicionados por sociedades y entornos diferentes, interpelados cada uno por sus experiencias”, se explaya.

Capasso no reniega del intrincado elemento que es su Pentax Camil. Asegura que lo complicado de lo analógico (pocos disparos por rollo, tiempo de espera, gastos altos y demás) la ayudó a volverse más metódica, perfeccionista con cada foto: “Con un rollo, hago que cada foto valga cada centavo”. Un montón de preocupaciones que todos, teniendo cámaras cada vez mejores en nuestros teléfonos, parecen insólitas. Pero ahí está la intención. La de rebelarse frente a esa saturación digital que no termina en nada; no sacar infinitas fotos golpeando un dedo contra la pantalla de nuestro celular, sino volver a hacer de la fotografía un ritual, un proceso que le sume un valor agregado sentimental y estético a la obra. Otra vez, el medio es el mensaje.+

 

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