Es el autor de logotipos como el de American Airlines y United Colors of Benetton, y de la identidad y señalización del Metro de Nueva York. Es, además, creador de muebles, joyas y cubiertos. Con la vigencia como una de sus búsquedas rectoras, Massimo Vignelli es un hacedor legendario, que también tiene el don de la teoría.
“Me gusta el diseño visual e intelectualmente poderoso y, por sobre todo, eterno”, afirmó
Massimo Vignelli, diseñador nacido en Italia en 1931, y quien se instaló a trabajar en los Estados Unidos cuando el diseño aún era una vaga idea. “La gente está fascinada con las modas, pero lo que está de moda hoy se va mañana, y si sos un diseñador responsable, no podés diseñar cosas que mañana pasen de moda: tenés que diseñar cosas que duren mucho tiempo”.
Hoy, presidente de
Vignelli Associates, y con una larga carrera que incluye proyectos legendarios y multipremiados, mantiene su acento de raíz europea, uno que dota de fuerza todo lo que afirma, con una seguridad propia de la experiencia, y con un humor por momentos contagioso, por momentos crítico, de quien sabe que enseña con cada palabra que pronuncia.
“Hay dos maneras de entender qué es el diseño: la manera popular dice que el diseño es estilo, y eso es equivocado. El diseño no es estilo, es un proceso, una actitud particular sobre el proceso que se dedica a la búsqueda de lo que es útil, y no a lo que es decorativo”, afirma, para confirmar cuánto hay de cierto en su don nato de docencia. “Todo diseño, el bueno, es funcional, y adopta las formas de funcionalidad, no sólo materialmente, sino psicológicamente, y es una cosa compleja”.
Autor de logotipos como el de
American Airlines,
United Colors of Benetton y
Bloomingdale’s, así como de la identidad y señalización del
Metro de Nueva York y de
Washington, afirma: “Lo que más me apasiona de mi trabajo es la posibilidad de resolver problemas concretos. Para mí, el cliente es un paciente que necesita una cura, y hay que darle una solución que mejore su situación. No es crear de la nada: es resolver problemas. El diseño me permite crear un lenguaje que, en cierta medida, puede ser hablado por diferentes personas”. Algo de esto nos contó en una entrevista, donde sus ideas reforzaron su coherencia.
+ ¿Cómo describiría su trabajo? Siendo como es de heterogéneo, ¿hay una identidad en común?
MV Hay una búsqueda constante de disciplina, apropiación y fuerza de la imagen en todo lo que hacemos, en dos o tres dimensiones.
+ En este sentido, ¿pertenecen al mismo universo creativo el diseño de mobiliario y de productos?
MV El diseño es uno. La misma disciplina se aplica a cada proyecto. Pueden cambiar las especificaciones, pero la sustancia permanece.
+ Entonces, ¿utiliza los mismos procesos en todo su trabajo?
MV Depende del proyecto y lo que es apropiado para él. No hay soluciones estándar.
+ Uno de sus trabajos más difundido es el mapa del subte de Nueva York. ¿Cómo surgió? ¿Por qué le interesó? ¿Por qué se retomó?
MV Hace cuarenta años, me pidieron que lo haga y esa fue mi manera. Más recientemente, nos pidieron que lo rediagramemos para un sitio Web, e hicimos uno basado en el mismo concepto, pero adaptado a las necesidades de la Web; se llama MTA Weekender. Fue realizado con mis asociados, Cifuentes y Waterhouse.
MÁS ALLÁ DE LA VULGARIDAD
Vignelli se refiere, una y otra vez, a la idea de vulgaridad. Para él, “el diseño es la oportunidad de borrar la vulgaridad y sustituirla por algo bien pensado, por el interés de la gente. Para mí, la belleza es lo opuesto a lo vulgar”. Modernista por generación, interés y forma de trabajo, su búsqueda está orientada hacia la elegancia. “Para ser diseñador, tenés que tener visión, coraje y determinación”, sentencia.
Nacido en Milán, estudió arquitectura y viajó a los Estados Unidos en 1957, para continuar su formación en el
Instituto de Diseño de Massachusetts. Tres años después, volvía a su tierra natal para abrir, junto a
Lella Vignelli (su mujer y socia de toda la vida), su estudio de arquitectura y diseño, seguida de otras aperturas con asociados, en 1971 y 1978. Pero volvió a los Estados Unidos: “Cuando llegamos, la calidad del diseño era bastante básica, hoy es mucho mejor, al igual que la educación”.
Cuando el matrimonio brinda entrevistas en conjunto, uno a otro va terminando las oraciones, como en una sinfonía personal. Ambos brillantes diseñadores, Lella suele ser la crítica que edita las ideas, en tanto Massimo cumple el rol del soñador que se focaliza en lo imposible. Una retroalimentación feliz, que aún persiste. Desde que llegaron a los Estados Unidos, ambos vienen realizando un arduo trabajo en gráfica, identidad corporativa, diseño de publicaciones, diseño de planos arquitectónicos, diseño interior, y diseño mobiliario y productos corporativos. Sus obras son parte de las colecciones de museos como el MoMA de Nueva York, e integra numerosas asociaciones profesionales.
Su trabajo se destaca, ante todo, por traer orden al caos. Algo que se comprueba en su estudio de trabajo, donde Massimo ostenta un escritorio geométrico y limpio, que aguarda el comienzo del día: “Me gusta empezar el día fresco, sin nada en el escritorio. Si está lleno de papeles, es como empezar la cena con restos del día anterior: eso mata a tu apetito”. Y muestra su iPad, pero aún así, confiesa: “Aunque sea medieval, todavía uso mi lápiz”.
+ ¿Cómo es su rutina de trabajo? ¿De dónde obtiene la inspiración?
MV La inspiración llega del proyecto en sí mismo, y de entender su significado.
+ ¿Hay algo que todavía no hizo y que le gustaría?
MV No realmente, cada proyecto es diferente e igualmente interesante. Cuanto más, mejor.
+ ¿Cuál debería ser la función del diseño?
MV Hacer al mundo que nos rodea mejor de lo que es. El diseño tiene que ver con el microcosmos.+
Esta nota se publicó en el
#36 de Revista 90+10