Quién fue Gio Ponti

Considerado uno de los grandes impulsores del renacimiento del diseño italiano de posguerra, Gio Ponti fue arquitecto, diseñador industrial, ilustrador, pintor y poeta, además del fundador y durante muchos años director de la revista Domus, una de las más influyentes en arquitectura y diseño. Aquí, nuestro recuerdo.

Texto: Natalia Iscaro (*)

Es cierto. No puede decirse que un arquitecto se agote en sus obras, ni que un diseñador de mobiliario termine por definirse en sus diseños, ni tampoco que un editor de revistas limite su legado a sus publicaciones. Y, por eso mismo, cuando un mismo hombre se entrega a múltiples actividades y lo hace siempre fiel a una ideología, estética y ética personal, su mensaje tendrá el don de sobrevivir más allá de las generaciones. Arquitecto, diseñador industrial, periodista, crítico, poeta, pintor e ilustrador, Gio Ponti (1891-1979) es un ejemplo de ello.

En efecto, prolífico es una palabra que lo define bastante bien, y ecléctico es otra. Nacido en Milán, Ponti fue uno de los arquitectos y diseñadores más influyentes del siglo XX. Como diseñador industrial, trabajó para 120 compañías; como arquitecto, construyó obras en 13 países; y como editor de revistas, produjo 560 números, en cada uno de los cuales escribió al menos un artículo. Además, como académico, realizó lecturas en 24 países, y se dedicó a responder alrededor de 2500 cartas, más otras 2000 ilustradas.

Poeta, pintor y, en suma, un ser profundamente apasionado y dedicado, en la mínima sutileza de sus días supo hacer de la rutina un ejercicio magnífico. A lo largo de las jornadas que duró la Semana Internacional del Mueble en Milán en 2011, recibió dos homenajes: Gio Ponti. La fascinación de la cerámica, en el Edificio Pirelli de Milán; y Expresiones de Gio Ponti, en la Triennale de Milán.

El curador de esta última, Germano Celant, admitió la “imposibilidad de condensar toda su obra en una misma muestra”. Al recorrerla, la muestra deslizaba, sin necesidad de estridencias, la relevancia del diseñador milanés en su ciudad, a través de maquetas y planos de obras como el primer edificio para la sociedad Montecatini (1936), el rascacielos Pirelli, conocido también como Pirellone (1956-1960), y de la iglesia para el hospital San Carlo (1966).

Todos conforman un repertorio que va del clasicismo de las casas de su primer período -bajo la influencia de las villas del siglo XVI de Andrea Palladio-, hasta el modernismo de posguerra, cuya mayor expresión es el citado Pirellone, construido en torno a una estructura central proyectada por Nervi, el célebre arquitecto italiano del siglo pasado. Este edificio fue, en su momento, uno de los rascacielos más altos del mundo –con 127,10 metros-, a lo cual se sumó la controversia adicional de superar la altura del Duomo, la catedral de Milán. Se agregan al recorrido escritos, cuadros, dibujos, grabaciones y entrevistas, todos sin desperdicio.

EL RENACER MODERNISTA

“No es el cemento, no es la madera, no es la piedra, no es el acero, no es el vidrio: el material más resistente de la construcción es el arte”, leían quienes circulaban por una instalación inspirada en el genial Ponti, con sillas elevadas por sobre un suelo de azulejos de colores, todo con la misma firma. Hacer memoria era, en este contexto, parte de la consigna.

Obligado a abandonar sus estudios de arquitectura para servir a su país durante la Primera Guerra Mundial, el milanés se graduaría a su regreso, en 1921. Pero, en lugar de dedicarse de lleno a la arquitectura, en ese entonces apostó al diseño, y se convirtió en el director de la célebre fábrica de cerámicas Richard Ginori. El destino querría que éste fuera el sitio que le permitió convertirse en protagonista de una época de gran apogeo para el diseño industrial italiano.

De 1923 a 1930, la compañía resurgió como un ejemplo de excelencia, gracias a sus piezas de formas simples con motivos neo clásicos. “La industria es el estilo del siglo XX, es el modelo de la creación”, afirmó por entonces Ponti, tras ganar el Grand Prix de la París Expo de 1925. Y en efecto, no podría haber una afirmación más modernista.

Como arquitecto, Ponti creía que sus edificios debían armonizar con su función, y ser un ejemplo del uso más adecuado de los materiales. Y, si bien confeso admirador de Le Corbusier y de los diseñadores de la Bauhaus, no era uno de los “muchachos de la caja de cristal”, como los había definido Frank Lloyd Wright. En cambio, el modernismo de Ponti adquiere un sello personal donde la tendencia decorativa no es desestimada, y donde los maestros vieneses son adoptados y ensalsados. Es un modernismo liviano y elegante, pero atento a que “el público quiere lo fantástico”, en sus propias palabras.

Considerado por todo esto el padrino del renacimiento del diseño italiano de Postguerra, Ponti aún no estaba conforme. Su visión fue más allá: en 1928 convenció a su amigo periodista Ugo Ojetti de fundar una revista que se llamaría Domus. Ésta supo ser una de las más influyentes en arquitectura y diseño, además de un vehículo de privilegio para sus ideas, pensamientos e inspiraciones; una labor que Ponti se tomó a pecho.

Con la salvedad de un período durante el cual abandonó la editorial para fundar la revista Stile, continuó editando la revista hasta casi el final de sus días. Durante aquél paréntesis de seis años, su reemplazante fue Ernesto Rogers (tío de Richard Rogers), quien convirtió a este producto editorial en un ejercicio del racionalismo. A poco tiempo de regresar, Ponti ya había vuelto a Domus a su estética original, esa ecléctica y exuberante mirada del diseño de su tiempo.

SUSTENTO Y SOPORTE

Para fines de los años 20, la arquitectura fue una actividad muy presente en el trabajo de Ponti, que la retomó con vehemencia y dedicación. Así nacieron las conocidas como “domuses”, típicas casas que se asemejaban a las habituales viviendas milanesas desde el exterior, y cuyo interior demostraba gran innovación de la mano de espacios flexibles y con mobiliario modular. Su gran desafío fue lograr un uso inteligente de los materiales, para dar vida a espacios que, ante todo, priorizaran la armonía entre forma y función, idea imperante en su tiempo.

En 1933 organizó la primera Triennale delle Arti Decorativa –que primero había sido en Monza-, la cual se convirtió en el escenario por excelencia para lo mejor del diseño italiano. Ya para 1950, Ponti había vuelvo a dedicar la mayor parte de su tiempo al diseño industrial.

Entre sus piezas más destacadas, se lucen la silla Distex (1953), con sus rasgos angulosos; la siempre recordada silla Superleggera (1957), pensada por unas tradicionales sillas Chiavari, que el propio Ponti vio sobre el mar. Producida a partir de un objeto existente y normalmente de producción artesanal, se transformó su producción para que, además, fuera súper ligera. Ambas se convirtieron en clásicos de su época. Imposible no mencionar a la cafetera Pavoni, de estética naval y, a partir de 1950, toda una línea innovadora que incluye organizadores de paredes, ventanas amuebladas e bandejas instrumentales.

Su espíritu exuberante también cruzó el charco. Porque nadie puede referirse a Ponti sin hablar de la maravillosa Villa Planchart (1957), nacida en Venezuela durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, cuando Armando y Anala Planchart, ambos amantes del arte y con una agitada vida cultural, encontraron un espacio soñado en una loma privilegiada dentro del valle de Caracas, con visuales de 360 grados. Gracias a esta obra, para la cual convocaron a Ponti especialmente, nació una relación profesional y personal que duraría el resto de sus vidas. El mismo milanés llamaría a ésta su obra maestra, por ser una casa que “alberga la monumentalidad dentro de un espacio doméstico”.

Otra de sus obras destacadas son su propia casa en Via Randaccio (1926), Milán; el interior del Casino de San Remo, creado junto a Fornasetti (1950), el mismo que afirmó: “Diseño es eso que los italianos hacen naturalmente, espontáneamente, es moderación, armonía y balance”; la primera oficina central de Montecatini en Milán (1936); la torre Pirelli en Milán (1956); la Iglesia del Hospital de San Carlo en Milán (1966); y la Catedral de Taranto (1970).

PASIÓN POR LA IMAGEN

“Amo a la arquitectura, sea antigua o moderna. La amo por sus creaciones fantásticas, aventureras, por sus invenciones, por sus formas abstractas, alusivas y figurativas, que encantan nuestro espíritu y capturan nuestros pensamientos. Amo la arquitectura, el sustento y soporte de nuestras vidas”, con estas palabras, Ponti daba inicio a una colección de ensayos publicados en 1957.

Juguetón, generoso, su objetivo primario fue que el público de sus obras –todas ellas- pudiera ser hacedor y protagonista de la Dolce Vita, el espíritu italiano: la vida colorida, sensual y siempre buena. Pero su gusto por este sabor local no implicaba una vuelta al pasado. Por el contrario, este creador era un firme creyente en que la decoración y las ideas modernas no eran en absoluto incompatibles. Su filosofía misma se fundó en el blend de lo antiguo con lo nuevo –entre ellos, hay que decirlo, los fascistas, que veían en lo nuevo que preservaba la identidad cultural como ideal.

El arquitecto Clorindo Testa ha recordado, más de una vez, cómo durante el nacimiento de la Villa Planchart, Gio Ponti contaba con tres o cuatro asistentes que tomaban las ventanas, las levantaban y las iban moviendo de lugar. Y recién entonces, cuando el lugar era el perfecto, el milanés fijaba su sitio ideal en el horizonte, como una cámara fotográfica.+

(*) Este artículo es un extracto del publicado en la edición #34 de Revista 90+10.

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