El conservatorio se encuentra en una calle que conecta la ópera de Massy con un parque. Los altos edificios de apartamentos que lo rodean parecen retroceder para dejar espacio al conservatorio.
De hecho, solo tras recorrer un buen tramo de la calle Rue des Canadiens se descubre, casi con sorpresa, el edificio cúbico de tonos rojizos. A primera vista, la compacidad de esta construcción maciza no deja entrever la verdadera magnitud y complejidad de sus espacios interiores.


La presencia de un ailanto nos llevó a alterar la fachada del edificio, que se curva hacia el interior para dejar espacio a este árbol extraordinario de frondoso follaje. En efecto, la forma del edificio parece modificada por la propia presencia del árbol, lo que genera la paradójica impresión de que este se ha impuesto sobre la arquitectura.

Ambos elementos —el árbol y el edificio— se complementan cromáticamente. Juntos componen una estampa urbana que destaca sobre el telón de fondo monocromo de edificios en tonos blanquecinos. El conservatorio de Massy es una estructura escultórica que rompe con las líneas ortogonales de su entorno y reafirma su carácter de edificio público gracias a sus cualidades poéticas.

El espacio que rodea al árbol protegido forma una amplia explanada de acceso que invita a padres e hijos a reunirse allí. La fachada es casi totalmente opaca; se eleva desde la entrada dejando entrever el bullicio del vestíbulo y creando un espacio resguardado. Al caer la noche, los alzados anaranjados resplandecen como un farol, reforzando el papel del edificio como punto de referencia y hito urbano.

La fachada posterior del conservatorio está salpicada de ventanas que transmiten tanto a alumnos como a profesores la sensación de trabajar en lo alto, entre las copas de los árboles. Por ello, decidimos conservar todos los ejemplares de la arboleda existente.



La estrategia espacial interior se basa en los principios de desviación y apertura. El corazón espacial del proyecto es un atrio descentrado que conecta los distintos niveles y motiva la distorsión de la planta del edificio. Aquí, los vacíos comunican las diferentes plantas, como si sus espacios redondeados hubieran sido extruidos. Se ha combinado compacidad y transparencia para salvar las distancias entre las diversas disciplinas artísticas y visibilizar la variedad de actividades.

Una pequeña galería acristalada en el vestíbulo de la planta baja se proyecta sobre la sala de ensayo del sótano, permitiendo observar a los alumnos y a la orquesta de la Ópera de Massy en plena actividad. Al otro lado del vestíbulo de entrada, una ventana ofrece vistas a las clases de percusión que se imparten en la sala roja, situada en el nivel inferior. Al alzar la vista, se divisa una ventana circular en la primera planta y, al fondo, otra ventana circular en la cubierta. Esta apertura visual vertical rompe la apariencia austera del edificio —de aspecto macizo y compacto— e introduce luz natural en el corazón de la construcción, creando un juego de curvas que varía según la perspectiva del observador.

El amplio y acogedor espacio de la primera planta constituye el epicentro de esta ruptura formal y evoca una gruta de arena. En la segunda planta, una abertura en el suelo con forma de media luna permite la entrada de abundante luz natural y deja a la vista el lucernario circular de la cubierta, visible también desde la planta baja. Estas dos formas, dispuestas una dentro de la otra, confieren al atrio un aire astronómico. La riqueza de este juego de líneas reside en que cada planta posee su propia curvatura; esta autonomía geométrica dota al vacío de una dimensión poética singular.
Las dos primeras plantas se destinan a actividades musicales y se caracterizan por sus líneas inclinadas. Aquí, las paredes se han dispuesto deliberadamente de forma no paralela para evitar la reverberación del sonido.

La tercera planta está dedicada a la danza; sus salas de ensayo presentan esquemas cromáticos diferenciados y envolventes (tonos rosas, blancos y negros). Todas ellas comparten una característica común: están bañadas por una suave luz natural que proviene de grandes ventanales o de ventanas geométricas elevadas que juegan con la luz cenital.

En el corazón del edificio —allí donde cabría esperar una iluminación tenue— aguarda una sorpresa para el visitante: una espectacular e inmaculada escalera de tijera entrelazada que serpentea a través de los cuatro niveles del conservatorio. La parte superior de este espacio funcional, que recuerda a una capilla, está perforada por ventanas situadas a gran altura; su disposición libre evoca la síncopa rítmica de ciertos estilos musicales, pareciendo liberarse de cualquier partitura.Inundado de luz natural, este vertiginoso punto de encuentro evoca las imposibles escaleras de Penrose y desorienta a los usuarios, habituados a seguir trayectorias ascendentes o descendentes sin poder ver qué hay por encima o por debajo de ellos.

Sin duda, este espacio de transición —convertido en un elemento arquitectónico destacado— posee un gran potencial escenográfico. A diferencia de las aulas y pasillos del edificio, que presentan una acústica seca y controlada, este espacio posee una acústica reverberante similar a la de las iglesias: el sonido se amplifica y realza, expandiéndose hasta llenar todo el recinto.
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